Vivimos en un mundo totalmente globalizado y tan materializado en el mucha gente se guía por el “Cuánto tienes tanto vales”, o, “Como te veo así te trato”, o “¿Qué carro manejas así te valoro, qué ropa vistes así te califico, con quiénes te juntas así te respeto”.
¿Cuánto vale Dios para nosotros y cuanto admiramos a Dios, si de verdad nos importa más el valor que nos puede dar la “sociedad”, fumamos el cigarro X, tomamos la bebida Y, visitamos el centro N y vestimos la marca de moda? Hasta oímos la música del momento, simplemente para ser aceptados en nuestro entorno y para no ser calificados como ignorantes o como perdedores.
Dios no nos exige nada de eso; simplemente nuestra relación con el debe ser sincera y abierta. Él no se fija en qué traemos puesto o qué carro manejamos; Él únicamente abre sus brazos y nos espera cada día; espera que lleguemos a Él y, como el mejor de los amigos le contemos todo, nuestras emociones, lo que nos desespera, que nos quita el sueño; la emoción que sentimos al ver aquella chica, el que perdió nuestro equipo… Quiere le platiquemos cada momento y cada situación, cada triunfo y cada derrota como al mejor de nuestros amigos.
Si a Dios no le interesa nada material de nuestra sociedad, ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo acercarnos a Él, por qué no hablarle y sentir su presencia? Él está tan cerca de nosotros como el mismo aire que respiramos y como el sol que nos levanta cada mañana.
No necesitamos ser los mejores de la clase ni tener el mejor lugar en el equipo de fútbol ni mucho menos ser el más guapo o más alto y fuerte de todos. Simplemente necesitamos ser honestos y llegar con el corazón abierto y un simple hola y Dios nos abrirá los brazos para recibirnos como al mejor de todos. Entonces seremos los más afortunados en saber que somos alguien para Dios y que Dios empieza a ser alguien para nosotros.