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Creando Ondas

Agita las aguas con tu vida

Por Carmen Aguinaco

¡Qué aburrimiento! Dice a veces la gente. Parece que la rutina adormece, que el hacer siempre lo mismo es tedioso. La gente se va de vacaciones para tener un cambio. En una sociedad muy acostumbrada a la prisa, y a deshacerse rápidamente de las cosas—lo que se llama la sociedad de consumo, o de usar y tirar—las personas se pueden cansar de tener el mismo trabajo, vivir en la misma casa, hacer las mismas cosas día tras día. A veces la gente cambia de trabajo, o de casa, solamente por “cambiar de aires”. También hay gente a quien le gusta un cambio de imagen, o mover los muebles de la casa, para cambiar un poco.
A veces la gente se saluda y se pregunta qué hay de nuevo. Muchas veces la respuesta es nada: lo mismo de siempre. Pero no es lo mismo de siempre. Ningún día es igual que otro. La realidad es siempre cambiante y siempre hay novedades, cosas que nos afectan, crisis, razones para el crecimiento. Pero el aburrimiento puede ser muy pesado. No: nos dirán otros, la verdad es que no hay nada nuevo bajo el sol. Las cosas, los sentimientos, y hasta los acontecimientos, se repiten y repiten. ¿Te aburres mucho, o encuentras entretenimiento y diversión fácilmente?
Y sin embargo, piensa en las veces en que los cambios te han sido difíciles. Digamos que has cambiado de escuela, te has graduado de secundaria y has ido a la universidad, o tu familia ha tenido que emigrar. ¿No se te hacen todos esos cambios dolorosos, llenos de incertidumbre y de dudas? Hay personas que reaccionan sin aceptar que el cambio se les está haciendo difícil, y la emprenden con cuantos tienen a su alrededor. Hay un momento poco antes de la marcha de un joven a la universidad, en que se irrita con su familia por todo, como para satisfacerse a sí mismo de que la separación va a ser buena y hasta deseada. Al hacer una reflexión profunda y de verdad, se darían cuenta de que se están simplemente defendiendo del dolor de la partida.
A veces, después de un cambio, y con ayudas, puede haber una buena adaptación. Otras veces la reacción es añorar y añorar lo que se tuvo, e idealizar el otro lugar. Dice un poema español que, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor. O quizá no. Para algunos la necesidad de adaptarse también les puede llevar a extremos de rechazar todo lo anterior. ¿Rechazas tú, por ejemplo, el idioma y las tradiciones de tus padres y te avergüenzan, a veces, las costumbres hispanas? Dice un proverbio en inglés que, si no está roto, no hace falta arreglarlo. Es decir, a veces la gente se empeña también en cambiar cosas que no son necesarias. ¿Es necesario, por ejemplo, dejar a tu familia o dejar de hablar el idioma de tu cultura, sólo por ser más aceptado? ¿Es necesario tirar cosas a la basura para comprar cosas nuevas? ¿Es necesario dejar lo que teníamos entre manos y cambiarlo por otra actividad, que sabemos bien que no vamos a completar?
Todo tiene consecuencias
Puede ser que, en esta cultura individualista del “quiero ser yo”, pensemos a veces que lo que hacemos no tiene consecuencia y no tiene por qué importarle a nadie. Pero la verdad es que, cualquier cosa que hagamos, desde lo que comemos y nos ponemos de ropa, hasta el curso que queramos tomar con nuestra profesión y  trabajo, tiene un impacto en alguien más. Es como cuando se lanza una piedrecita a un estanque, y produce ondas expansivas. Lo que te puede parecer una acción pequeñísima, puede terminar teniendo una enorme consecuencia.
Jesús también habló de cambio. Pero el cambio de Jesús, aunque podría en ocasiones significar tener que dejar familia y hogar, es algo mucho más profundo que cambiar de casa, escuela, país, idioma. Se trata, nada menos que de cambiar la propia vida. ¿Y para qué habría que hacer una cosa así? Pues simplemente, nos dice Él, para que valga la pena. Es decir, para que sirva a otros para vivir mejor su vida. Para marcar la diferencia en un mundo de cambios, que necesita otros cambios más profundos para ser lo que nos gustaría. Precisamente para hacer todas esas cosas con las que muchos soñaban durante la campaña presidencial…”el cambio en el que podemos creer.”
¿Qué cambio es ese? Todos sabemos las cosas que andan chuecas en nuestra propia vida, en nuestra propia familia y en nuestra comunidad y mundo. La conversión de la que habla Jesús nos lleva a vivir de manera que podamos dejar una marca en el mundo de bondad, de belleza y de verdad. Para dar un sentido a todo ese ir y venir que tenemos que a veces nos aburre. ¿Siempre lo mismo? ¿Para qué sirve esta vida? Para algo verdaderamente valioso.  
“Es decir, quien quiere tener su vida para sí, vivir sólo para él mismo, tener todo en puño y explotar todas sus posibilidades, éste es precisamente quien pierde la vida. Ésta se vuelve tediosa y vacía. Solamente en el abandono de sí mismo, en la entrega desinteresada del yo en favor del tú, en el "sí" a la vida más grande, la vida de Dios, nuestra vida se ensancha y engrandece. Así, este principio fundamental que el Señor establece es, en último término, simplemente idéntico al principio del amor. En efecto, el amor significa dejarse a sí mismo, entregarse, no querer poseerse a sí mismo, sino liberarse de sí: no replegarse sobre sí mismo - ¡qué será de mí! - sino mirar adelante, hacia el otro, hacia Dios y hacia los hombres que Él pone a mi lado. (Benedicto XVI, Homilía el 5 de abril, 2009, en el Día de la Juventud).
Tu turno
¿Qué cambios te resultan más dolorosos y difíciles? ¿Qué te gustaría cambiar en tu familia, en tu comunidad, en el mundo? ¿Qué hay en la llamada de Jesús que te atrae? ¿Qué ves ahí de dificultad y exigencia, que quisieras a veces evitar?


 

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