Por Hugo Esparza-Pérez, CP
Como parte de mi labor ministerial he estado acompañando como voluntario a una organización sin fines de lucro que educa e intercede por trabajadores de bajos salarios. Mi labor ha consistido principalmente en organizar en diferentes partes de la ciudad talleres acerca de los derechos laborales y prestar asistencia en casos de abuso laboral. En uno de los casos de Corte, el cual había estado en un proceso de litigio por más de un año, me pidieron servir como traductor. Los dieciséis (de 25) trabajadores restantes debatían si valía la pena continuar invirtiendo su dinero, tiempo y esfuerzo para luchar en contra de su ex-empleador.
Su caso fue simple, el empleador cometió el error de no pagar el salario por tiempo extra a los empleados por lo menos por un periodo de cinco años. También, el empleador despidió a este grupo de empleados y vendió la compañía sin ningún aviso previo al resto de los empleados,
pensó que el nuevo dueño quedaría exento de algún mal manejo hecho en el pasado.
Desafortunadamente para los trabajadores su ex-jefe tuvo mucho dinero, y por ende, fue capaz de manipular este litigio al punto de poder re-programar este caso cada que lo deseara y hacer otras payasadas burocráticas para cansar a la defensa.
Durante nuestra reunión se aceleraron emociones y tensiones. El grupo estuvo dividido entre los que deseaban continuar y los que deseaban abandonar el caso. El poder como grupo fue fundamental para el proceso de la demanda y remuneración que se daría en caso de ganar este litigio. Todos sabían el riesgo que se corría y la reunión se torno en un completo caos.
Todos en esa pequeña oficina perdieron el control y comenzaron a gritar, incluso el abogado de Pro-bono. En medio de este caótico encuentro un hombre, ya muy adulto, que había estado muy callado se puso en pie y levanto su mano. Todos en esa pequeña oficina callaron. ¡Ya hemos ganado, gritó, ya hemos ganado! Estamos luchando por nuestro propio convencimiento. Ya hemos ganado ¿por qué parar ahora? continúo, somos seres humanos de carne y hueso, como lo es nuestro jefe; somos hijos de Dios y así debemos ser tratados. El poder de nuestra convicción es la que enciende nuestra esperanza.
El Papa Benedicto XVI, en su carta encíclica Sobre la Esperanza Cristiana (Spe Salvi) nos recuerda que nuestra esperanza se viene de nuestra convicción que Jesucristo Hijo de Dios es su prueba máxima de amor por la humanidad. Por lo tanto, esto debe guiarnos a “la convicción de la esperanza que cada uno tiene en su vida e historia en general que a pesar de todos los errores se han mantenido firmes gracias al indestructible poder del amor. Solo el significado e importancia a este tipo de esperanza podrá darnos el coraje para actuar y perseverar” (par.35).
Para estos trabajadores su autoestima como seres humanos, esposos, padres y su convicción de que nadie tiene el derecho de arrebatarles lo que les pertenece, les permitió reunificarse y arriesgar su tiempo, dinero y energía en su proceso para encontrar la justicia que merecen. Este caso duro un año más. Después de otras batallas y grandes retrocesos finalmente la corte falló a favor de los trabajadores. Durante la pequeña celebración que tuvimos, uno de los trabajadores dijo a sus compañeros y amigos: El dinero que obtuvimos no significa mucho. Lo que realmente tiene un gran significado es que nuestra dignidad se hizo respetar y se hizo justicia.
El hermano Hugo Esparza-Pérez, es misionero pasionista que actualmente está completando sus estudios de formación en CTU.