Por Crystal Catalan
Recuerdo asistir a una misa en la que el sacerdote citó a Pedro Arrupe, SJ: “De lo que te enamores…decide para qué te levantarás por la mañana…lo que rompe tu corazón, lo que te sorprende son alegría y gratitud. Enamórate, permanece enamorado, y eso será decisivo para todo”. Sentada en la iglesia, empecé a preguntarme a mí misma, “Crystal, ¿qué te hace a ti levantarte en la mañana y sentirte viva? ¿Estás enamorada de tu vida?” Me di cuenta de que la respuesta a esta última pregunta era no. Más bien lo que de verdad me enamoraba era el servicio y el ministerio, como reflexioné en los veranos consecutivos que pasé con niños pobres en Filipinas.
Entonces, ¿qué hace a una persona dejarlo literalmente todo, hacer su equipaje y emprender un viaje a un lugar para servir? Para mí, eso fue la llamada. Suena muy abstracto e intangible, pero verdaderamente fue este sentimiento que me había crecido dentro haciéndose cada vez más fuerte, hasta el punto que sentí que me estaría haciendo daño a mí misma sin no iba en esa dirección de fe. Hay desafíos iniciales de darse cuenta de lo que significaría verdaderamente esa decisión en términos de cambios de vida. Transición, transición, transición. Quizá la adaptación geográfica, el dejar a la familia y a los buenos amigos y todo lo conocido sean algunas. Pero también están las transiciones que se viven a nivel psicológico y estructural (especialmente cuando se trata de sistemas de diversas culturas) y también espiritualmente. A veces el espíritu de Dios se revela de maneras sorprendentes sobre la misión. Entre estas dificultades y desafíos que se anticipan, están las gracias y las alegrías, que son enormes y muy numerosas.
Para mí el “Dios de las sorpresas” se revela cada vez más plenamente en todos los sentidos cuando estoy en misión. Todos los días siento que soy enviada a ser las manos y los pies de Dios, sin saber con quién me encontraré en ese día, y qué nuevas experiencias tendré. Esta es la alegría, ahí está la gracia. Hay una profunda alegría que experimento sencillamente estando con otros—no como trabajo, sino como un deseo de estarles presentes.
Mi director espiritual siempre me ha advertido de que el ministerio se apoya mucho en la intención: ¿cuáles son mis intenciones cuando estoy en ministerio en prisiones? ¿Cuáles son mis intenciones cuando dirijo el coro de niños? Como misionera con el Cuerpo de Misión Cabrini, mis intenciones son “llevar el amor de Cristo al mundo”. Y eso fue mi alegría y en último término lo que se convirtió en mi ministerio. Mi ministerio se emparejó con mi alegría y viceversa. Yo anhelaba llegar a ese lugar de encuentro.
El dejar atrás todo lo conocido parece muy drástico. Y lo puede ser y de hecho es un riesgo. Pasa por no saber quién te irá a buscar al aeropuerto, dónde dormirás, qué nuevas comidas probarás, cómo será tu comunidad, y la lista sigue y sigue. Pero el don empieza a revelarse tan pronto como uno se da cuenta de la llamada y, en muy poco tiempo, me di cuenta de que merecía la pena aceptar el riesgo, y era el momento. El momento perfecto de Dios.