A veces nos asusta enojarnos. Nos parece que vamos a perder el control y que las cosas se van a salir de su cauce. Nos asustan las consecuencias, el que luego no podamos reconducir las cosas a la armonía anterior. Jesús se enojaba de vez en cuando, por causas justas. Y así es como tendríamos que conducir nuestro enojo. Primero, preguntarnos si la causa es justa, si merece la pena emplear energías en el enojo. Segundo, canalizar esa energía de furia ante la injusticia hacia una acción que traiga buenas consecuencias. Por ejemplo, si nos enoja una injusticia como la falta de oportunidades para los estudiantes indocumentados, una buena manera de canalizar la energía es unirnos a grupos de acción para lograr una reforma.
¿Te enojas con frecuencia? Si consideras por qué te enojas, ¿ves que tu ira merece la pena? ¿Cómo canalizas para el bien todo ese enojo?