7 de noviembre - Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario

Parece una adivinanza, casi. Los muertos no se mueren porque ellos quieran. Entonces, ¿deja Dios de ser su Dios cuando mueren? Más bien lo que se niega aquí es que la muerte sea el fin de todo. Dios es un Dios de vida, que da vida siempre. Es decir, que la muerte nunca tiene la última palabra, que la muerte física es un paso hacia una vida nueva. Resulta difícil de creer cuando alguien muy querido ya no está con nosotros y sin embargo, sabemos que esa es la promesa. El que Dios sea un Dios de vivos quiere decir que tenemos que vivir en las obras de luz y vida y esperanza. Que no nos podemos dejar vencer por el mal, la esclavitud, todo lo que es oscuridad.

¿Qué piensas sobre la muerte y el más allá? ¿Crees que hay una vida más plena, con Dios?

 

 
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