Por Crystal Catalan
“¡Ya está!, Ya tengo la vida arreglada para siempre”, me dije a mí misma al encontrar un trabajo muy prometedor con una gran compañía americana nada más graduarme de la
Universidad de San Diego. Pero al mismo tiempo, había hecho un trato conmigo misma de pasar dos semanas de mis vacaciones en las Filipinas, sirviendo en orfanatos. Esto era el resultado de una fuerte experiencia que tuve al involucrarme en campus ministry en la universidad. El compromiso ahí me daba energía y me ayudaba a crecer en mi relación con Dios, pero lo que me conmovió más fue mi primera visita a las Filipinas, en 2005. No sabía que esta experiencia cambiaría mi vida.
Y sí cumplí mi promesa de servir en las Filipinas durante mis vacaciones, sirviendo en orfanatos para niños abandonados y maltratados. Y fue durante esas experiencias que me sentí abriendo mi corazón a un grupo de personas a las que nunca hubiera descubierto: los marginados de la sociedad que viven en extrema pobreza. Cada vez que me encontraba en el avión de regreso a California, sentía una profunda tristeza de dejar el pueblo y el país de los que me había enamorado.
En un viaje en abril de 2009 empecé a sentir un fuerte deseo de servir permanentemente en las Filipinas. Mi mamá me recordó que me mantuviera fiel y avanzara movida por la oración. Por casualidad encontré en línea el cuerpo de Misión de Cabrini. No sabía entonces que este grupo sería el programa ideal onde me había imaginado a mí misma.
Un mes más tarde, renuncié a mi trabajo pagado en Los Ángeles y empecé como misionera sirviendo como maestra y en la pastoral estudiantil en la Secundaria Madre Cabrini en Nueva York. En este ministerio, he tenido la gracia de escuchar las preocupaciones de los alumnos, compartir sus alegrías y, simplemente, estar con ellos. Aprecio y valoro este compañerismo y relaciones cotidianas. Ciertamente es difícil, ya que nunca había tenido experiencia de enseñar una clase, pero me doy cuenta de que todo se trata de conexión, relevancia y relación. Todos los días me doy cuenta de la bendición que es tener conversaciones con cada uno de estos alumnos y ofrecer el ministerio de mi presencia.
¿A qué me siento llamada/o diariamente? ¿Hay algún ministerio que me atrae especialmente? ¿Qué obstáculos tendría que vencer para seguir esa llamada? ¿A qué tendría que renunciar? ¿Dónde encuentro más paz y alegría?