Por Vanessa Martínez
Cuando tenía seis años tuve mi primer encuentro con la injusticia. Estaba comiendo con mis compañeras de clase cuando una disputa nos interrumpió. Una niña le pedía dinero a otra, y ésta no tenía manera de pagar. Con solo mirar a la niña se veía que era muy pobre: llevaba sandalias de goma gastadas y sucias y una estaba mal cosida para que no se rompiera en pedazos.
Fue la actitud de las otras niñas que veían el encuentro lo que me llevó a implicarme en la pelea. Parece que todas se habían puesto del lado de la que pedía el dinero, mientras que nadie apoyaba a la niña pobre. Incluso las que antes habían sido sus amigas no la defendían ahora que estaba siendo humillada.
Aprendí desde muy niña que cuando eres pobre y abandonado, poca gente te habla o defiende tu causa. Así que me volví a una amiga que tenía cerca y le pedí dinero. Fui a la chica que estaba exigiendo el dinero y se lo di. Le dije que se llevara el dinero y dejara a la pobre niña en paz. Ahora la deuda estaba saldada. Fuí acusada de robar, me metí en un problema y me llevaron a la oficina de la directora de la escuela.
Yo no ayudé a mi compañera porque le tuve lástima o porque fuera yo muy generosa. La ayudé porque sentí como propios el ridículo y la humillación a la que estaba siendo sometida por las niñas de alrededor. Aunque no era capaz de entender esta identificación mía con la humillación de la niña—yo sólo tenía 6 años—simplemente supe que estaba mal. Nadie creado a imagen de Dios debería ser ridiculizado o tenido en menos simplemente porque no poseen cosas.
Hasta hace cuatro años no había considerado esta experiencia de mi niñez como la manera de Dios de llamarme a una vida dedicada a trabajar por la justicia social. Quizá eso fue la primera semilla que me llevó al ministerio con el Clergy and Laity United for Economic Justice en Orange County, California, donde acompaño a congregaciones inmigrantes y asentadas en la defensa de sus derechos y de un salario justo.
En este mundo los pobres son considerados como los últimos, pero Dios siempre los coloca cerca de su corazón. Por eso me siento llamada por el amor y la compasión de Dios a levantar a quienes el mundo pasa por alto. En mi experiencia de defensa de temas de hambre en el mundo con Bread for the World y mi implicación actual en la defensa de trabajadores de bajo salario y temas de inmigración, tengo el privilegio de animar a líderes religiosos y a laicos a escuchar la voz de Dios de “Hablar por los que no tienen voz, por los derechos de los empobrecidos” (Prov 31:9).
Vivo en un país en que los ciudadanos tienen el derecho de hablar y de enfrentar los temas que nos impactan aquí y más allá de nuestras fronteras. Por la misma razón, nuestro silencio y nuestro deseo de cuidarnos a nosotros mismos también puede impactar a otros permitiendo que continúen las leyes injustas.
¿Conoces alguna organización comunitaria en la que puedas colaborar y participar? ¿Te sientes llamado a ello? ¿Qué valor le ves? ¿Puede ser el silencio culpable de algún mal?