Por Hermana María Isabella
Tuve una adolescencia bastante turbulenta. Los problemas económicos habían forzado a mis padres a trasladarse de Oxnard, California, a Michigan, donde yo me sentía muy mal. No tenía amigos y me sentía víctima de una gran injusticia. Por fin, me involucré con el grupo equivocado y me hice muy rebelde con mis padres. Mis hermanos mayores tampoco andaban muy bien.
Empezaron por usar drogas y tomando e incluso se atrevían a hacerlo enfrente de nuestra casa. Yo no tenía buena relación con ellos. Un día mi novio y yo fuimos a casa después de la escuela. Esto estaba contra las reglas de mi mama, que decía que siempre tenía que haber un adulto en la casa cuando traíamos a amigos. Pero eso no me importaba nada, ya que estaba decidida a hacer lo que quería. Mi hermano me encontró con mi novio y yo fui desagradable con él. Me dijo que estaba rompiendo las reglas y yo le pregunté que qué le importaba. Para mi sorpresa, me miró serenamente y me dijo: “Julie, eres mi hermana y te quiero. No quiero que hagas el mal.” No hay que decir que esa respuesta me dejó sin palabras.
Esto, en mi opinión, fue el principio de mi conversión. Fue un sencillo acto de amor por parte de mi hermano que me hizo reflexionar sobre cómo estaba viviendo mi vida. ¿Qué estaba haciendo? Desobedecía a mis padres, daba mal ejemplo a mi hermanita menor, y me faltaba al respeto a mí misma.
Como dije antes, mis hermanos no estaban precisamente viviendo una vida santa. Pero un día estaban mirando la televisión y apareció una monja, con hábito y todo. Era la cadena EWTN y empezaron a mirar y a escuchar lo que estaba diciendo sobre las bienaventuranzas y la fe católica. Poco a poco empezaron a examinar sus vidas y a cambiar para mejor. Me acuerdo de la sorpresa de mi madre al ver su transformación radical. Se preocupó y pensó que a lo mejor necesitaban un psiquiatra. De ser flojos, poco respetuosos y tercos, pasaron a ser serviciales, bien educados y dóciles. El incidente que conté antes ocurrió durante ese periodo. Más tarde, empezaron a asistir a misa diaria e iban a la capilla de Adoración.
El segundo hermano, en su propia peregrinación hacia Dios, empezó a sentir una llamada a algo más. Ingresó en la compañía de Hermanitos de San Francisco en el año 2000. Cinco años más tarde, yo entraba en las Clarisas. Me llevó cinco años porque yo en realidad estaba buscando al hombre católico perfecto, casarme, tener hijos y ser mama, abuela y todo lo demás. Encontré a alguien, pero estaba fuera y, mientras tanto, yo empecé a rezar más y más y encontré un profundo deseo en mi corazón. Por mucho que trataba de negarlo, no se iba. Incluso cuando mi novio me propuso matrimonio, yo supe que sólo podría estar con Jesús. Una vez que tomé la decisión de abrazar la vida religiosa, tuve que discernir dónde. Mi director spiritual me animó a visitar a las Clarisas. Su vida está centrada en la adoración eucarística, en espíritu de agradecimiento. La alegría que vi en las monjas durante mi visita era tan contagiosa y genuina, que aspiré a tener esa misma alegría. Entré en octubre de 2005. A los pies de Jesús sacramentado al fin he encontrado la paz que buscaba. Mi vocación es un regalo y pura gracia y la acepto con el corazón lleno de gratitud.
¿Ha habido en tu vida algún acontecimiento que te haya hecho preguntarte qué estás haciendo con tu vida y te ha obligado a cambiar? ¿Sientes a veces una llamada insistente, pero tratas de negarla para no tener que responder?