Por Marilú González
Revolución es una buena palabra para describir lo que ocurre en el interior de muchos de los jóvenes que viajan con nosotros a la frontera entre Nogales, Arizona, y Nogales, Sonora. Los jóvenes adultos, que vienen de diversas culturas y se unen al programa de la oficina de Inmigración de la Arquidiócesis de Chicago, experimentan un profundo cambio interior que les enseña que Dios tiene un propósito para sus vidas.
Son jóvenes anglosajones, coreanos, filipinos, hispanos de tercera generación, que afirman también su propia identidad como descendientes de inmigrantes y como hijos de Dios. Algunos piensan al principio que van a ofrecer un servicio y a lo largo del camino descubren que la mayor peregrinación es la interna. Ven las injusticias, ven lo trágico que es cruzar la frontera, y lo complejo que es tener delante un ser humano y darle compasión por el simple hecho de ser humano. Pero la experiencia del viaje no es nada fácil.
No es de extrañar. El programa está dirigido a una educación en la compasión y en la vulnerabilidad personal que se descubre al descubrir la de los demás. Incluye visitas a la Corte de Arizona, que tiene uno de los sistemas más duros del país: se deportan a diario a más de 75 personas. Ahí en la corte pueden ver a hombres y mujeres encadenados. Ven los rostros cansados y tristes y la incertidumbre de un futuro que se prevé oscuro. Hablan con el juez para comprender el alcance de la ley. También entran en contacto con organizaciones que abogan por los inmigrantes, como Borderlinks y Good Samaritan. Una de las experiencias más impactantes es el camino por el desierto que frecuentan los indocumentados; a veces se encuentran con personas asustadas, que van de camino por el desierto, y no pueden hacer nada por ayudarlos, porque va contra la ley. Simplemente, oran por ellos y los despiden con una bendición.
Luego pasan la frontera y entran en contacto con un programa jesuita, Kino, donde se da albergue a mujeres, a quienes se ofrece protección y cobijo y se trata de educar sobre los riesgos de cruzar la frontera. Para algunas, ese consejo ya es algo conocido. En el Centro de mujeres hay quienes han sido violadas, deportadas y ahora están embarazadas. Se quedan en el Centro hasta que algún familiar puede recogerlas, o hasta que tienen a su bebé.
Por último, hay un encuentro con Homeland Security, que aporta los detalles del muro y las medidas de seguridad. También se entra en un centro de detención. En un último momento, hay un encuentro con el Obispo Kicanas, de Tucson, y se estudia la perspectiva de la iglesia y el dilema que supone estar en una ciudad fronteriza.
Los jóvenes entran en ese mundo y salen transformados. Algunos se comprometen en proyectos de defensa de los inmigrantes o en el movimiento de lucha por la reforma de las leyes de inmigración. El comer, dialogar, caminar juntos, los transforma, pero no sólo para la lucha al exterior. Se dan cuenta de que todo comienza en ellos mismos: que tienen que cambiar por dentro, que tienen que dar y darse más; se hacen conscientes, sobre todo, de su propia humanidad. Toda una revolución.
¿Conoces bien de dónde vienes tú mismo? ¿Tienes miedo a lo desconocido? ¿Te implicarías en un proyecto así?