Bruno, un santo del siglo XII, era profesor, tenía altos cargos y recibía honores. Pero no se dejaba impresionar. Su centro no era él mismo, ni su propia importancia, sino Jesús. Creó la orden de la Cartuja y vivió en oración toda su vida. Pero era un hombre muy alegre, lleno de vitalidad. No quería que sus monjes estuvieran nunca tristes. Y su orden nunca ha sido reformada, porque se ha mantenido fiel al espíritu de Bruno.
¿Vives tu fe con alegría? ¿Te dedicas a tus ocupaciones y obligaciones con un espíritu alegre y generoso?