Hay gente que fascina y atrae como si fuera un imán. Tal parecía el poder de Jesús que, al pasar y llamar a alguien, inmediatamente la gente le seguía. Pero lo que le pasó a Mateo es que se sintió reconocido y aceptado, cuando muchos no lo reconocían ni lo aceptaban. Seguramente todos haríamos lo mismo. Uno de nuestros deseos más profundos, una sed, es ser reconocidos como personas, aceptados y amados. Jesús hace eso. Con todos y cada uno de nosotros. Si lo escuchamos y nos encontramos con el Cristo vivo, no puede dejar de atraernos.
¿Has sentido alguna vez que alguien te amaba incondicionalmente? ¿Cómo piensas que te ama Jesús? ¿Te sientes llamado a seguirle? ¿Qué tendrías que dejar?