De cosechador de tomates a neurocirujano

Por Elisabeth Román

La vida de Alfredo Quiñones Hinojosa podría pasarse fácilmente a una telenovela de mucho éxito, de esas en que se pasa de andrajos a la riqueza. Hace 20 años, arriesgando su vida y su seguridad, Alfredo saltó la verja de la frontera de México a Estados Unidos. La crisis política y económica en México se había cobrado un precio en el pequeño negocio de Quiñones-Hinojosa y el joven salió de su hogar con el sueño de poder mantener a su familia. Era una enorme responsabilidad para un muchacho de 19 años, pero la acogió desde su fe en Dios.

Como muchos de los parientes de Alfredo que habían emigrado antes que él, comenzó trabajando en los campos de California piscando tomates, algodón y melones. Vivía en una vieja furgoneta, no hablaba inglés y a veces no tenía qué comer. Pero Alfredo tenía una gran pasión, tenía esperanza, creía en sus propias capacidades y su fe nunca flaqueó.
Poco después de su llegada a este país, Alfredo se dio cuenta de la importancia de sumergirse en el lenguaje y cultura de su nuevo hogar. Andaba siempre con un diccionario de inglés en el bolsillo, leyéndolo cada vez que tenía ocasión; iba al cine a aprender el idioma y la cultura y se matriculó en clases de inglés en el colegio comunitario, donde un maestro reconoció su talento y lo animó a asistir a la Universidad de California en Berkeley con una beca. Allí el joven inmigrante descubrió su pasión por la ciencia y la medicina.

Alfredo fue admitido en la Escuela de Medicina de Harvard, donde se graduó cum laude y pronunció el discurso de graduación. Por esa época se hizo ciudadano de Estados Unidos. Después de graduarse de Harvard, pasó a completar su internado en neurocirugía en la Universidad de California en San Francisco.

Hoy día el Dr. Alfredo Quiñones-Hinojosa, antes cosechador de tomates indocumentado, es Director del programa de cirugía de tumores cerebrales en el Campus Bayview de Johns Hopkins y enseña Neurocirugía y Oncología, Neurociencia y Medicina Celular y Molecular en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, Maryland. Sus manos encallecidas, testimonio de su trabajo en los campos, han dado lugar a las manos suaves de un cirujano experto en salvar vidas.

“Como  cualquier otro inmigrante, tenía un futuro oscuro. No tenía ni dinero ni educación, pero dentro de mí siempre estaba la fuerza de tener éxito y superé todo tipo de obstáculos”, comentó Quiñones-Hinojosa. “Cerraba los ojos y oraba que todo fuera bien. Si mi sueño tenía que realizarse, así sería. Ahora trato de mejorar el mundo luchando contra el cáncer. Se me puso en este lugar por una razón: marcar la diferencia. Yo alcancé el éxito gracias a mi fe, entregándome a Dios y trabajando duro todos los días”. El Dr. Quiñones-Hinojosa investiga en la actualidad lo que podría ser un gran avance en el tratamiento de tumores cerebrales.

Fue su madre, profundamente católica, quien le inculcó la fe obligándole a ir a la iglesia incluso cuando él no hubiera querido. “Pero el ir a la iglesia me inspiró fe en una fuerza superior, así que incluso en los peores momentos buscaba esa luz; esa esperanza de salir de la pobreza. Yo creía en Dios y, no importa lo difíciles que se pusieran las cosas, sabía que lo lograría”.

Quiñones-Hinojosa considera que el mayor desafío al que nos enfrentamos como nación es cómo cosechar la fuerza de nuestra gente. ¿Cómo formamos a los futuros científicos, inventores y médicos? ¿Cómo alejamos a nuestros hijos del peligro de las calles? Convencido de que la clave para superar estos desafíos se encuentra en la educación, el cirujano dice que esto también tiene su parte de desafíos y dificultades. “Muchos jóvenes no tienen la motivación de alcanzar una educación superior. Me resulta difícil motivar a mi propia familia, incluso si han visto lo que ha supuesto para mí. Éste es nuestro mayor desafío como nación”.

Para la reflexión

¿Cómo te esfuerzas por tu propia educación? ¿Te das por vencido con facilidad cuando te encuentras con obstáculos?
 

 
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