Por Carmen F. Aguinaco
Cuenta una anécdota que un joven punky entró un día en una iglesia cuando ya estaba
empezando la Misa. Llevaba el pelo en cresta, de color morado y lucía pinchos y cadenas. La congregación, en un barrio de clase media, contuvo la respiración, algo horrorizada. Un ujier siguió al joven que marchaba decidido hacia el frente del templo. Por un momento, la gente pensó que el ujier iba a proceder a expulsar al joven. Pero entonces sucedió algo sorprendente: el chico se sentó en el suelo muy delante de la iglesia ya que no había lugar en las bancas y el ujier se sentó a su lado. Los dos siguieron devotamente la celebración de la Eucaristía: el joven punky y el ujier de mediana edad, trajeado y formal.
¿Qué nos enseña la anécdota y qué tiene que ver con la identidad católica? ¿Qué estaba diciendo el ujier al sentarse al lado del joven? Quizá el ujier no hiciera todo un análisis teológico del asunto, pero con sus acciones estaba enseñando varias cosas sobre la identidad católica. La primera es que la dignidad humana no proviene de su apariencia, de su manera de vestir o de su status social. Simplemente, se la da el ser hijo/a de Dios.
Un rasgo decisivo del catolicismo, por definición, es la universalidad. Todos caben en la casa de Dios, todos son hijos amados. Cualquier exclusión, como quizá esperaran algunas personas de la congregación, sería negar la catolicidad de la iglesia. Sobre todo, en el momento de la Eucaristía.
A nadie se le niega el pan, y esto es algo muy fácil de entender para nosotros como hispanos. Es algo que muchos de nosotros hemos visto en nuestras propias familias o nos
han contado cómo nuestros papás y abuelos siempre tenían pan para quien tuviera necesidad. Muchos adolescentes comen mucho. A veces bromean unos con otros sobre todo lo que algunos de ellos consumen. Están en edad de crecer, hacen mucho ejercicio, y siempre andan con hambre. Pero tenemos hambre de muchas cosas distintas. Hambre de pan, sí, pero también hambre de éxito, de aceptación, de respeto, de cariño. Si algo nos define como católicos es que, al ser una familia, nos sentamos a la misma mesa, y es la mesa de la Eucaristía en que se nos da el Cuerpo y la Sangre del Señor. El saber que Jesús mismo está en nuestro pan es lo más alto de nuestra fe. El pan, el alimento, se necesita en todas las luchas de la vida.
Así dice un poema español. Caminante, no hay camino: se hace camino al andar. Es decir, todo está abierto para nosotros. Es nuestro papel construir este mundo. Y para hacer eso, los católicos consideramos que es necesaria la acción en servicio de los demás. Hemos escuchado muchas veces también que somos un pueblo en marcha. “Somos un pueblo que camina”, “No podemos caminar”, “Ven con nosotros al caminar”, cantamos muchas veces en la iglesia. Y no son sólo bellas palabras. Los católicos creemos que la vida es un camino en el que vamos construyendo nuestro mundo. La palabra parroquia significaba el hogar temporal de los que caminan hacia otro hogar. Los peregrinos que van caminando hacia el Reino, mientras que lo construyen aquí en la tierra. Dicen que la esperanza es la virtud de los pies. Es decir, que como católicos, somos personas de esperanza, porque creemos en la Resurrección de Cristo y en que, por esa resurrección podemos creer que nosotros también resucitaremos, que todo lo malo que puede ocurrirnos en este mundo no tiene fuerza sobre la vida.
Todos nosotros, como jóvenes, necesitamos un grupo, una “tribu” a la que podamos referirnos como nuestro gang. Es en ese grupo donde encontramos apoyo, respeto, ánimo, y un lugar donde podemos comunicarnos con los demás, un lugar donde nos sentimos
aceptados como somos. Para los católicos, ese lugar es la iglesia. Algunos dicen que creen en Dios, pero no en la iglesia. Que tienen una relación con Jesús, pero que no les hace falta ir a la iglesia. El problema aquí es que Cristo está en su Cuerpo, en la comunidad que es la iglesia. Iglesia significa “asamblea”, congregación. Caminamos, pero no caminamos solos, sino en comunidad. En comunidad es más fácil animarnos unos a otros a creer, trabajar juntos en servicio de los demás. No caminamos juntos para vivir nosotros mismos y vivir bien, sino para llevar al mundo lo que somos. Ser católico quiere decir ir llevando la Palabra y el anuncio de Dios a los demás. Somos Cuerpo: el Cuerpo de Cristo.
Energía que dé vida y juventud Calor que inflame y vivifique. Savia que dé verdor y vitalidad. Sol que venza tinieblas y oscuridades. Brisa en medio del cansancio y la desgana. Huracán que sacuda y despierte en la rutina. Agua que limpie y refresque. Aliento que restaure y regenere. Fuego que purifique y enardezca. Ungüento que alivie y reconforte. Bálsamo que cure y suavice. Luz que ilumine los problemas de la vida. Respiro en las penas y el dolor. Vínculo que una lo disperso. Y todo eso es el Espíritu de Jesús que se mueve en la iglesia, la comunidad. Es lo que recibimos en nuestra Confirmación, en la que afirmamos nuestra identidad como católicos.
¿Cómo ves tu identidad como católico/a? ¿Cuando piensas en que eres católico, qué te viene primero a la cabeza? ¿En qué mundo vivimos? De todas las necesidades, ¿cuál necesita más nuestro mundo? ¿Te has sentido excluido alguna vez? ¿Alguna vez has excluido a alguien?