Ordenado a un camino de amor y esperanza

Por Benjamin Romero-Arrieta, C.M.F.

Hay dos momentos en mi vida religiosa que jamás olvidaré. Uno fue cuando los candidatos al diaconado nos postramos en el piso del templo mientras  el resto de la asamblea fervorosamente de rodillas oraba a los santos confiándoles nuestras vidas para que continuemos nuestro compromiso y servicio como ellos lo hicieron en su momento histórico.

Además de lo anterior, durante este corto lapso de tiempo allí postrado, despojado, vulnerable y frente a Dios, llegaron a mi mente todas mis experiencias en la vida; las que fueron dando sentido y construyendo el estilo de vida al que me sentí llamado. Definitivamente creo que éste fue un gran momento de encuentro con Dios. Su presencia se hizo viva y real a través de la oración de los asistentes a la celebración.

Un segundo momento en la misma celebración fue cuando el obispo me impuso las manos. No encuentro palabras para describir lo que ocurrió. Fue como recibir un empuje vigoroso para continuar asumiendo la misión de dar testimonio del Evangelio en este mundo lleno de desafíos e incertidumbres.  Estos dos momentos me hacen recordar las palabras de san pablo cuando dice que es el Espíritu el que obra en nosotros. Esa fuerza invade la humanidad y empuja a continuar el camino.

Esto sucedió el 3 de febrero de 2011, en que cinco estudiantes claretianos fueron ordenados, dos al diaconado y tres al sacerdocio. Acompañado de más de cien misioneros claretianos que estaban congregados en Asamblea de Unificación de una sola provincia de Estados Unidos, Monseñor Gabino Zavala, obispo auxiliar de Los Ángeles, concedió las órdenes sagradas por medio de la imposición de manos y la invocación al Espíritu Santo.

Con la ordenación como diácono culminó la etapa de formación y preparación de mi vocación sacerdotal como misionero claretiano, pero el desafío continúa. La vida ahora me llama a traer a la realidad que me circunda todo lo aprendido y sobre todo, a hacer vida el evangelio de Jesús. Para mí esto significa vivir consciente de que la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (Rom 5:5). Aunque existimos en un mundo en que los derechos humanos son violados todos los días, Dios siempre estará ahí brindando la oportunidad de continuar la jornada bajo su amor y esperanza.

Para la reflexión

¿Has sentido alguna vez la llamada al sacerdocio o a la vida religiosa? ¿Qué te atrae más de esa llamada? ¿Cuán fuerte es tu esperanza?
 

 

 

 
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