Por Miriam Padilla
Cuando era niña mis padres, que habían inmigrado de Jalisco, México, me inculcaron un gran amor por la justicia y los pobres. Mi papá nos hacía salir a la calle el día en que se recogía la basura y esperar a que llegara el camión para poder distribuir comida y agua a los hombres. Nos explicaba entonces que esos hombres tenían que trabajar muy duro para sobrevivir y mantener a sus familias.
Mi papá siempre nos animaba a continuar la educación, no olvidando nunca nuestras raíces, y una vez que lográramos nuestras metas, nos decía que nuestros logros se debían utilizar para ayudar a los menos afortunados. Así que después de recibir mi título en psicología y de completar mis estudios graduados en la Universidad Católica de San Diego, trabajé como consejera proporcionando apoyo terapéutico y defensa a mujeres inmigrantes que habían sido víctimas de la violencia doméstica y la violación. La experiencia me ayudó a darme cuenta de que había mucho que hacer por nuestra comunidad hispana a un nivel sistémico y empecé a trabajar como organizadora comunitaria en una organización de fe, que se centraba en temas de inmigración.
Además del trabajo de defensa política, me di cuenta de que hacía falta convocar fórums donde la gente de ambos lados del tema y con distintas tradiciones religiosas pudieran reunirse y dialogar pacíficamente sobre sus diferencias sobre el tema de inmigración. Se puede dar mucha sanación cuando se proporciona un lugar seguro para que las personas puedan expresar sus temores y preocupaciones abiertamente.
A través de mi trabajo descubrí que muchos inmigrantes sufren un profundo sentido de rechazo. Me sentí llamada a trabajar con inmigrantes no sólo en este país, sino también ofrecer consuelo a quienes habían sido deportados y estaban ahora sin techo o encarcelados en el otro lado de la frontera. Trabajé en Tijuana en las calles y en la cárcel con inmigrantes deportados. Armada solamente con el deseo de vivir el carisma de la Madre Teresa que llama a un encuentro íntimo con Jesús sirviendo a los más pobres de los pobres, encontré la verdadera felicidad sirviendo a mis hermanos y hermanas en sus experiencias de absoluto rechazo y desolación.
En la actualidad, como directora de educación religiosa de la Diócesis de San Bernardino, he trabajado para crear conciencia del sufrimiento de los menos afortunados. En el pasado año nuestros niños llevaron más de 6,000 artículos de comida para los necesitados de nuestra parroquia. Además, donaron artículos para las mochilas que se distribuyen a los que van a ser deportados.
Hay tanta necesidad de liderazgo latino en este país que considero una gran injusticia cuando una persona no puede alcanzar todo su potencial. Me entristece saber que muchos latinos, y especialmente los jóvenes, no pueden cambiar el video que parece repetirse una y otra vez en sus mentes. Todos han soñado con hacer grandes cosas para la humanidad, pero mi experiencia es que muchos de ellos no se sienten dignos de perseguir esos sueños.
Es indispensable que nuestros jóvenes realicen su potencial y tomen el lugar al que tienen derecho entre los líderes del país. Espero que estos jóvenes comprendan que son dignos y capaces de asistir a la universidad y graduarse con honores, al mismo tiempo que siguen el ejemplo de humildad y servicio que nos dio el Señor. Es lo que aprendí de mi padre y lo que espero inculcarles a otros.
¿Qué lecciones valiosas has aprendido de tu papá o mamá? ¿En qué modos han determinado esas lecciones tu dirección en la vida?