Era la más pequeña de doce hermanos. Sus padres tenían un pequeño negocio y, a la muerte de su madre, Juana quedó encargada de él. Pronto empezó a corromperse para conseguir más dinero. Pero no era feliz. Cuando tenía veintisiete años, un sacerdote la ayudó a regresar a la fe. Desde entonces, empezó a dar con generosidad. Al fin cerró la tienda y se dedicó completamente a servir a los pobres. Tenía la casa llena de huérfanos. Convenció a otras jóvenes a que se unieran a ella y fundaron la Congregación de Hermanas de santa Ana de la Providencia.
¿Alguna vez has sentido que las cosas que hacías en realidad no te estaban trayendo la felicidad?