Hace algún tiempo un obispo se reunió con representantes de grupos hispanos de su diócesis. Entre las muchas inquietudes que le compartieron, hubo un matrimonio que dijo: “Señor obispo, por favor envíenos sacerdotes que cuiden de nosotros y nos entiendan”. El obispo, con una sonrisa, respondió: “Por supuesto. Denme a sus hijos y los enviaré al seminario a prepararse. Yo no puedo tener hijos. Las vocaciones tienen que venir de ustedes”.
La inteligente respuesta no fue una forma de lavarse las manos de parte de un hombre que ha hecho grandes esfuerzos por asegurar el cuidado pastoral de los hispanos en su diócesis. Más bien, puso de manifiesto una gran verdad: si queremos sacerdotes y religiosos-as hispanos, tenemos que generarlos nosotros, las familias hispanas.
Es importante rezar por las vocaciones, pero también lo es estar abiertos a la posibilidad de que el Señor genere vocaciones dentro de nuestra propia familia. Cuántas veces hemos rezado por las vocaciones pero en secreto hemos pensado: “pero a mi Juanito o a mi Carmelita ni me los toque. Ellos han de ser doctores o ingenieros, y darme nietos”.
Lo cierto es que los seminaristas hispanos son en estos momentos sólo un 15% de los seminaristas en Estados Unidos y el porcentaje es todavía menor en las comunidades religiosas. Tal parece que se está perdiendo entre nosotros un cierto aprecio por esta vocación como algo deseable para nuestros hijos así como necesario para la Iglesia.
El pasado otoño, Monseñor Daniel Flores, obispo de Brownsville, Texas, en su conferencia a la Asociación Nacional de Sacerdotes Hispanos, recordó el papel esencial de la familia a la hora de generar vocaciones. El encuentro con el amor de Cristo llega hasta nosotros por medio de la familia y de la Iglesia. Monseñor insiste en que hablarle a un joven de vocación no tiene sentido si el joven no ha encontrado, por lo menos un poco, la lógica de Cristo.
Esta lógica pasa por experimentar la belleza de seguir el camino de generosidad, compromiso y fidelidad que deben ser parte de la experiencia familia. Se refiere a que el joven se críe en un contexto donde luego pueda entender el lenguaje del servicio y la entrega a otros. Un contexto en que se pueda hablar de perdón y de escucha y donde lo que se entrega gratuitamente no sea lo raro, sino la norma.