Por Carmen F. Aguinaco
¿Recuerdas la historia del samaritano que se detuvo ante un pobre hombre al que habían herido y robado unos malhechores? El hombre estaba ahí maltrecho y la gente pasaba de largo, porque tenían “obligaciones”. Pero pasa un hombre samaritano, que ni siquiera estaba bienvenido en aquellos parajes, y no sólo lleva al herido a un lugar donde le puedan curar, sino que paga para que se le cure y se le atienda y ofrece pagar todos los gastos adicionales que haya. ¿Qué ganó con esto? Evidentemente, el samaritano no ganaba nada material y posiblemente tampoco buscaba agradecimiento, ya que se fue sin esperar a que el hombre se recuperara para que pudiera al menos agradecerle la acción. El samaritano es un ejemplo fantástico de voluntariado. Es decir, lo hizo porque quiso, porque tuvo esa voluntad.
Es opinión generalizada que el voluntariado es una cosa buena. Pero, ¿por qué? ¿Se puede aceptar, sin más, el famoso dicho, “quien no vive para servir no sirve para vivir”? ¿Qué ventajas puede tener servir gratuitamente? ¿Qué gano con eso?
En el caso del cristiano, aunque sea una opción libre, el servicio se trata de una respuesta de fe a la voluntad de Dios. En efecto, quien no vive para servir a otros no sirve para vivir…la vida cristiana. Para discernir por qué caminos de servicio te puede querer Dios, hay que ver qué talentos, disposiciones o capacidades se tienen. No se trata de lo que guste, sino de lo que ayude. Esto se consigue con diálogo con quienes mejor te conocen, con oración y teniendo experiencias de colaboración en la parroquia o grupos juveniles. Quizás tengas talentos que no conocías. No basta con tener la voluntad de ayudar, si no se conoce bien dónde está la necesidad.
Tampoco se puede ir a un grupo desde una posición de superioridad a “imponerles” lo que hay que hacer. Dice el Papa Benedicto XVI en la encíclica Caritas in Veritatis que el progreso y desarrollo sólo se pueden dar en libertad. Es decir, las personas con las que se va a trabajar no son simplemente receptores de una acción: en realidad ellos son los protagonistas, y el voluntario va sólo en calidad de colaborador, no de dictador.
Aunque en nuestra sociedad hay muchas personas que se entregan a tareas de voluntariado y no son necesariamente creyentes, para un cristiano lo más importante es hacer la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es que seamos felices, pero con una felicidad que a algunos les podría parecer algo rara. La felicidad que propone Jesús es la del que da generosamente, sabiendo que Dios dará el “ciento por uno y después la vida eterna”. Y lo oímos en la Misa todos los domingos: “y ya no vivimos para nosotros, sino para ti…y para los demás”. El cristiano es, por naturaleza, una persona para los demás.
El samaritano no era cristiano, pero había descubierto ya el valor de no vivir para sí. No esperar necesariamente nada más que agradar a Dios dándose, generosamente, a los demás.
¿Has tenido alguna vez una oportunidad de ser voluntario? ¿Has calculado cuál sería tu recompensa?