Cuando era muy joven, cedió a los deseos de sus padres de que se casara pero, tan pronto como se terminó la fiesta, se escapó para seguir su verdadera vocación de ermitaño solitario. Sus padres lo buscaron durante muchos días, pero cuando lo encontraron, tuvieron que ceder a sus deseos. Abraham entregó toda su herencia a los pobres. El obispo, superando la resistencia de Abraham, lo ordenó sacerdote y lo envió a predicar a una ciudad idólatra, donde lo insultaron, golpearon y corrieron. Pero él regresaba con más entusiasmo cada vez, hasta que consiguió que toda la ciudad se bautizara. Luego regresó a su soledad. A pesar de todos sus sufrimientos, mantuvo siempre una disposición alegre y un cuerpo muy sano.
¿Te deprimen las dificultades? ¿Pierdes la alegría con facilidad?