En tránsito... hacia algo más grande

Por: Natalia Cárdenas   


Es una tarde fría; la lluvia empieza a caer y pronto amenaza con volverse diluvio. Uno podría suponer que esto es normal, al tratarse de los últimos rescoldos del verano, pero ayer había sido un día lleno de luz donde el sol brillaba en todo su esplendor. Es Chicago, la ciudad con el clima más impredecible que he conocido. Voy sentada en el tren, mirando cómo caen las gotas sobre las ventanas, y doy gracias a Dios de estar resguardada aquí y no mojándome afuera.

Estoy en este tren en dirección al centro de la ciudad, porque voy a la escuela, aunque hoy llegaré tarde a clases. El tren ha decidido parar su ruta y protegerse en una estación debido al fuerte granizo que la tormenta trajo consigo, y no avanzará hasta que el conductor lo considere pertinente. Descanso sabiendo que el maestro entenderá el motivo de la tardanza y que otros compañeros compartirán mi situación. Todo indica que estaré aquí por un largo tiempo, y puedo gastarlo revisando mi celular, leyendo un libro que cargo en la mochila o dando rienda suelta a ese colectivo de pensamientos que, lejos de reducirse conforme maduro, crece con cada nueva experiencia y genera más preguntas que respuestas.

Elijo lo tercero. Comienzo el análisis con el lugar al que me dirijo: mi escuela. ¿Cómo es que me encuentro cursando el último semestre de colegio comunitario —y a punto de transferirme a una universidad de cuatro años— en una ciudad que fi guraba tan lejos en mis planes de vida? Si bien es cierto que Chicago siempre ha formado parte de mí por ser el lugar donde nací hace 20 años, la idea de desarrollar mi carrera universitaria en esta ciudad parecía poco probable, porque crecí en otro país.

Hija de padres mexicanos y llevada a México desde muy corta edad, nunca puse mucha atención al hecho de que tenía un vínculo con Estados Unidos; pero cuando decidí venir a estudiar aquí, mi mundo cambió por completo. Nuevas personas, nuevas calles, nueva comida, nuevo todo. Pronto aprendí que ya no era sólo mexicana, sino mexicoamericana y, sobre todo, latina; y, bajo esta etiqueta, con el inglés como segundo idioma y en una tierra foránea, me fui adaptando a un modo de vida desconocido.

En la escuela, por supuesto, conocí a personas de mi raza pero que, a diferencia de mí, sus mayores recuerdos los enmarcaba la nación de las barras y las estrellas. Muchos de ellos, sin embargo, eran tratados como extranjeros al no recibir ayuda fi nanciera para cubrir gastos escolares; paradójicamente yo, que en realidad no me sentía americana, tenía todo eso cubierto porque un papel dice que lo soy. Para saldar sus deudas, estos estudiantes tienen que emplearse en algún lugar, por lo menos, medio tiempo; fue entonces que conocí la fuertemente arraigada cultura del trabajo entre los jóvenes. Algo que hace unos años consideraba de gente adulta o reservado para aquellos que se han graduado con un título universitario, ahora es tan común para mí. Lo que es más, di también el paso y, a la mitad de mi primer semestre, ya trabajaba en un restaurante.

En este sitio, dominado principalmente por adultos que sustentan a sus familias, también encontré jóvenes; algunos estudiaban y otros no, algunos buscaban hacer dinero para pagar sus libros y otros, para salir el viernes por la noche; y tal como sucedió en el colegio comunitario, conocí jóvenes indocumentados, ciudadanos americanos, con hijos y demás circunstancias que nos hacían ver perspectivas totalmente diferentes, a pesar de compartir la misma etapa de vida. Pese a todo, un mismo sueño nos unía y nos hacía entender por qué estábamos ahí: el anhelo de alcanzar algo más grande. Mi ciclo ahí, transitorio según lo planeado, me enseñó no sólo del mundo laboral sino de relaciones humanas y de los deseos que nos mueven a hacer lo que hacemos.

Actualmente, trabajo en un lugar donde me dedico a hacer lo que me gusta, en perfecta sintonía con lo que quiero hacer en un futuro cercano, mi pensamiento se sigue enriqueciendo día a día. Mis compañeros de trabajo son jóvenes también que, como yo, buscan romper techos cada vez más altos.

En este momento, me doy cuenta de que el tren ya avanza. Faltan tres estaciones para llegar a mi destino y concluyo lo siguiente: si no tuviera la certeza de que Dios me tiene cosas preparadas más grandes de lo que puedo imaginar, si no tuviera fe en que cada nueva experiencia es un escalón hacia algo mejor, cualquier obstáculo o revés me haría tirar la toalla y, aunque a veces tiemblo, no caigo. Las puertas del tren están por abrirse, la lluvia se ha disipado: estoy llegando a mi destino.

 
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