No voy a hacer nada especial

Por Carmen F. Aguinaco

“No voy a hacer nada especial. No voy a construir nada. Voy a ser lo que estoy llamado a ser en medio de una comunidad. Y ésta es la idea de Jesús: estar entre todos”, dice sonriendo Álvaro Dávila cuando está a punto de embarcarse en una aventura difícil, arriesgada y emocionante.

Después de 27 años en Estados Unidos, el guatemalteco regresa a su país a comenzar un proyecto de trabajo y consejería con adultos en medio de situaciones violentas, ya sea por la situación del país, de torturas o por situaciones de violencia doméstica.

Todo empezó en Chicago donde, después de varios años de ministerio en catequesis familiar en parroquias, Álvaro empezó a “cansarse de ser hombre”, al contemplar desolado la triste realidad de la violencia familiar. Entonces decidió dedicar sus esfuerzos a acompañar a estos hombres, “con los que, naturalmente, no simpatizo, pero empatizo. Tienen una fuerte carga de sufrimiento, ya que en muchas ocasiones han sufrido ellos mismos el abuso y la violencia como niños. Repiten conductas aprendidas”.

Entonces, Dávila empezó a ver la necesidad de dar a los hombres la posibilidad de verse capaces de ser personas de fe y esperanza. En una parroquia de Chicago comenzó un programa de consejería para hombres violentos que ahora quiere extender a su nativa Guatemala. Con el apoyo de su comunidad parroquial y de muchas otras personas interesadas en el proyecto, Dávila se trasladó recientemente a Guatemala para comenzar proyectos de educación familiar, servicios de salud mental que concienticen y prevengan, y cursos universitarios de psicología sobre estos temas.

Según recientes estudios de la Organización de Estados Americanos, Guatemala es uno de los países más violentos de América. Dávila no es un hombre rico y su marcha a Guatemala es una decisión tomada en la más profunda confianza en la providencia de Dios. Es una opción radical, pero que para Dávila es una consecuencia lógica de todo su proceso de vida. “Si me acerco a un hombre buscando a Dios, el hombre seguirá”, asegura. En esa contemplación para buscar a Dios, que Dávila considera fundamental para una opción de vida tan arriesgada como la suya, es donde se encuentra la fuerza, “si no, uno se acaba”.

Cuando se le pregunta por el tema de la inseguridad—no sólo la económica, sino por su propia vida, Dávila responde sonriendo, “No me da miedo. Creo profundamente en la Resurrección”.

 
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