Una decisión difícil


 

Por Jesús García Vázquez, CMF

Hay momentos en la vida en que la fe parece hacerse pedazos, como cuando por una gran injusticia tu hija llora en tus brazos.

¡Qué difícil es convencer a una jovencita violada por varios rufianes, de que Dios existe y además de que debe defender la vida, fruto de sus entrañas!

Era hora de dormir, después de haberle dado gracias a Dios por el día que terminaba, aparentemente tranquilo, con lo ordinario de la jornada: celebración de misas, confesiones, repartir desayunos a los niños de la calle, dar limosna a tres o cuatro limosneros que aunque sabemos que Jesús está en ellos ¡a veces nos cuesta verlo!, porque hay algunos medio tramposos y mentirosos que se inventan historias muy dramáticas para conmover al padre y les suelte la lana… Y para finalizar, por la noche, como era viernes, una reunión con el consejo parroquial para revisar y afinar detalles de nuestro caminar pastoral y para preparar la catequesis del sábado y la liturgia del próximo domingo.

Ya a punto de cerrar las persianas de mis ojos, oigo por el pasillo unos pasos apresurados, pero como arrastrándose por el piso, que de repente se detienen justamente en la puerta de mi cuarto. En seguida escucho tres fuertes golpes en la puerta acompañados de un desesperado “¡Padre, Padre!” A lo que enseguida respondí con voz fuerte para que no me fueran a tumbar la puerta: “¿Qué pasa?”

Apresuradamente abrí la puerta. Era mi superior, un sacerdote ya mayor, pidiéndome que por favor atendiera a unas personas a quienes que les urgía ver a un sacer-dote. Creyendo que era para ver un enfermo, baje dispuesto a atenderlo. Llego al recibidor y lo primero que oigo son lamentos y sollozos de una jovencita de diecisiete años, acompañada de un matrimonio de esposos jóvenes, quienes le insistían que me contara lo que le había sucedido. Después de un no tan corto silencio, la señora fue la que comenzó a hablar, porque la jovencita sólo mostraba con su actitud, dolor, vergüenza y angustia. Padre, esta jovencita fue violada por tres individuos quienes la amenazaron con matarla si no accedía a sus bajas pasiones. Tiene mucho miedo de llegar a su casa en este estado y dice que prefiere quitarse la vida.

Yo trataba de buscar la forma de que ella misma respondiera y lo primero que se me ocurrió fue preguntarle:

—¿Cómo te llamas, chiquilla?

Traté de hablarle lo más tiernamente que pude.

—Me llamo Esperanza y no quiero vivir.

Me dio mucho gusto que me contestara, porque vi que sí era posible dialogar con ella y que me escucharía.

—Perita— le dije, mostrándole mi dolor por lo que le había pasado —es terrible lo que te ha sucedido, sé que te sientes destruida, pero ¿sabes una cosa? Dios es tan poderoso que puede reconstruir lo que tú sientes que has perdido, así que déjate guiar por Él. Mira, ahorita mismo vamos a ver a tus papás que han de estar suma-mente angustiados porque no has llegado. Ellos, al verte, se pondrán contentos, estés como estés. Lo que les importa es verte. Quitándote la vida sólo vas a causar más dolor a tu familia.

—¿Está seguro Padre?– me preguntó con cierta duda.

—¡Claro que estoy seguro!– le respondí.

Sin más, nos fuimos a su casa, gracias a Dios no estaba tan lejos, era en la misma colonia donde estaba la parroquia. Ella le había dicho a la pareja joven que me conocía porque venía los domingos a misa, a la hora que yo la celebraba. Llegamos a su casa y tanto los papás de Esperanza como sus hermanos estaban llenos de angustia porque la joven no llegaba. Cuando les contamos lo sucedido, la abrazaron, lloraron con ella y la hicieron sentir apoyada. A la chamaca le cambió el semblante de miedo que llevaba, al saber que sus padres estaban con ella. Antes de despedirme de ellos, alcancé a oír unas palabras que nos tranquilizaron, a la jovencita, a la pareja que la acompañó y a mí:

—Hija, no te preocupes, Dios nos dará la fortaleza para salir adelante de esta, confía en Dios y en nosotros.

Nos despedimos creyendo que este asunto lo habíamos cerrado. Pero, como al mes, llegan los papás con Esperanza que decía estar muy resuelta a abortar:

—Padre, yo no quiero a este niño, no sé de quién es y si lo supiera, voy a odiar por siempre a su padre.

—Siéntate, Perita, vamos a pensarlo juntos– le dije lo más amablemente que pude.

—Yo ya lo pensé y tengo todo el derecho a decidir qué hago con esto que traigo en mi vientre– me contestó muy alterada y ni siquiera se le ocurrió decir que era su hijo.

—Está bien Perita, pero escúchame primero y luego haces lo que se te pegue la gana– le dije ya en un tono más exigente.

Se quedó callada como esperando que yo continuara.

—Mira, ahora tenemos que considerar a una nueva víctima que está viviendo dentro de ti y que también tiene derecho a la vida. A pesar de que tú has sido la primera víctima en todo esto, ahora está en ti decidir sobre la vida o la muerte de ese nuevo ser. Si tú abortas, puede ser que tu conciencia te reclame siempre la muerte de tu hijo y que ese hecho se convierta en algo que nunca te perdones. Además, al destruir a ese niño, en cierto modo te vas a destruir a ti misma porque ya es parte de tu vida. Como haya sido el inicio de esa vida, tú eres la que le das la mayor parte a ese ser inocente, ese niño te va a querer mucho, entiéndelo y además, él tampoco tiene la culpa de lo que ha pasado. Quitarle la vida sería una vez más hacer que “paguen justos por pecadores”.

—Pero, padre, yo quiero estudiar, y ese niño me va a echar a perder mi vida.

La chiquilla era muy bonita y pertenecía a una clase social muy, muy pobre.

—Mira, Esperanza, si tus papás no pueden sostenerte a ti y a tu hijito, y tú quieres seguir estudiando, ten a tu bebé y cuando nazca, me lo regalas. Y mientras llega ese momento yo te voy a apoyar en lo que sea necesario. Yo no encontraba qué más decirle para que no abortara. Medio que la convencí y me dijo:

—Pues no se lo aseguro, porque este hijo, ni lo deseo ni sé quién es su padre, pero trataré de hacer lo que me dice, padre.

Me quedé más tranquilo y, para no hacerles el cuento largo, le pagamos todo el embarazo hasta el nacimiento del chiquitín, entre la pareja y yo.

Le dije a Esperanza que durante los nueve meses, hablara con su hijo y le dijera que no se preocupara, que con la persona que estuviera, estaría muy bien, que le disculpara porque ella quería seguir estudiando y en su situación no se podía hacer cargo de él y por eso lo iba a regalar.

Cuando nació el niño, estuvimos puntuales para recogerlo, ya estaba lista toda la documentación para recibirlo. La pareja que me llevó a Esperanza ya estaban listos también, para quedarse con el niño. Pero ¡oh sorpresa! La tierna mamá del recién nacido, angustiada y apretando contra su pecho al chiquitín nos dijo:

—¡Padre, perdónenme, no quiero regalar a mi hijo, no me lo quiten. Haré hasta lo imposible por sacarlo adelante, pero por favor no me lo quiten!

La emoción nos llegó hasta la médula y no pudimos detener las lágrimas. Entre sollozos y voz entrecortada, le dije:

—Es tuyo, Perita, Dios te lo ha dado y nadie te lo va a quitar. ¡Felicidades!

Felicitamos también a sus papás con un fuerte abrazo y a Perita, que estaba bañada en lágrimas, le dimos un beso y nuestras bendiciones y nos salimos llorando de contentos el matrimonio y yo. Nos pareció haber hecho una buena labor con Esperanza, pues le habíamos ofrecido, no sólo nuestras razones, sino apoyo y alternativas reales. ¡Gracias a Dios y que viva la vida!

Fuente: Presencia Apostólica, La voz de San Judas Tadeo Num 49.

http://www.claretianos.org.mx/presencia-apostolica

 

 
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