“Cuando era pequeña”, cuenta Lola a sus niños, “no me podía dormir esa noche, la del 5 al 6 de enero. Los Tres Reyes iban a llegar por la noche trayendo regalos para todos los niños. Si había sido buena durante el año, sabía que me iban a responder a todos los deseos y traerme los juguetes y regalos que quería. Aquí las costumbres son diferentes y la gente espera los regalos el día de Navidad, traídos por Santa Claus. Pero es bueno recordar las tradiciones hispanas”.
“Venían con los camellos cansados, y les dejábamos leche y galletas en la mesa. También dejábamos los zapatos a la puerta para que los llenaran de dulces”.
“Mi mejor recuerdo de los Reyes es que teníamos el Nacimiento en casa y yo iba avanzando sus figuras poco a poco de manera que llegaban al portal el 6 de enero”.
¿Qué sabemos sobre los Magos?
La Biblia sólo menciona a los reyes en el segundo capítulo de Mateo y sin dar muchos detalles. Sin embargo, cuando vemos a los reyes rodeados de los animales del establo, algunos pastores y un pobrecito recién nacido, cierto ambiente parece rodear toda la escena, una atmósfera que llega a nosotros y nos toca de manera misteriosa. La reunión de todas estas personas ofrece a nuestros corazones un lugar de paz para trascender las preocupaciones y los cuidados del momento y, de alguna manera, encontrar esperanza y hasta alegría en medio de nuestras difíciles vidas.
Este es el texto de Mateo:
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá durante el reinado de Herodes, vinieron unos magos de oriente a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? porque hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarlo”. Herodes y todo Jerusalén quedaron intranquilos por la noticia. Reunió a todos los sacerdotes principales y a los maestros de la Ley para preguntares dónde debía nacer el Cristo. Ellos le contestaron que en Belén de Judá ya que así lo anunció el profeta que escribió: “Belén en la tierra de Judá, tú no eres el más pequeño entre los principales pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el pastor de mi pueblo Israel”.
Herodes entonces llamó privadamente a los magos para saber la fecha exacta en que se les había aparecido la estrella. Encaminándolos hacia Belén les dijo: “Vayan y averigüen bien lo que se refiere a ese niño. Cuando lo hayan encontrado, avísenme para ir yo también a adorarlo”.
Después de esta entrevista, los magos prosiguieron su camino. La estrella que habían visto en oriente iba delante de ellos hasta que se paró sobre el lugar en que estaba el niño. Al ver la estrella se alegraron mucho y habiendo entrado en la casa, hallaron al niño que estaba con María su madre. Se postraron para adorarlo y, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Luego regresaron a su país por otro camino, porque se les avisó en sueños que no volvieran donde Herodes (Mt 2,1-12).
¿Qué quiere decir “Epifanía”?
La fiesta de los Reyes Magos se llama Epifanía. La palabra epifanía es griega y significa “una gran manifestación o una gran luz”. Para los Reyes la gran manifestación o epifanía fue una estrella, una estrella grande y muy brillante que se veía hacia el oeste, sobre Palestina. Era lejos de donde ellos vivían y no conocían aquel lugar.
Los reyes habían visto esta epifanía de una estrella porque eran científicos. Esta es la razón por la que se les llama magos. Los magos eran los científicos de aquellos tiempos. Utilizaban sus amplios conocimientos y sus instrumentos para mirar las estrellas. Pero no estaban preparados para esta estrella. No la podían encontrar en ninguno de sus mapas. Esto sólo podía significar una cosa para ellos: la estrella era el signo de un gran acontecimiento, una epifanía, el nacimiento de un nuevo rey que habría de cambiar la historia.
Convencidos del significado y la importancia de la estrella, se pusieron en camino en la dirección marcada por la estrella. La estrella los llevó a Jerusalén y allí buscaron indicios del rey prometido por la estrella. En su lugar, encontraron a Herodes, el odiado rey judío que se había aliado con el poder dominador romano y que oprimía a su propio pueblo. Pero, curiosamente, fue ese rey el que los guió hacia el rey anunciado.
Una extraña escena de paz
Así, los reyes se convirtieron ellos mismos en epifanías porque la escena de la Navidad es una escena inquietante, llena de cosas ilógicas. ¿Cómo puede una escena así, llena de personajes que no suelen estar juntos, traer paz a nuestro corazón?
¿Por qué habrá paz en ver a un recién nacido recostado en una pesebrera? ¿Qué hay de reconfortante en los pastores, los sin casa del tiempo de Jesús, que dormían fuera con las ovejas y ahora están demasiado cerca de los indefensos María y José?
¿Qué puede haber más absurdo que esa pesebrera, los reyes con sus mejores ropas y con los brazos extendidos ofreciendo regalos de lujo a un niño refugiado?
Y con todo, estos reyes, por absurdos que parezcan, tienen la clave que nos permite experimentar esperanza y alegría cuando miramos esta escena. Son la epifanía que nos llevan al misterio del niño en la pesebrera. Y, de alguna manera, nos identificamos con ellos. ¿Quién de nosotros no quisiera arrodillarse frente a Dios como ellos, poderosos y humildes, ricos y piadosos, con los más finos regalos en nuestras manos?
¿Somos reyes o pastores?
En este punto, nuestra identificación con los reyes se empieza a disolver. La epifanía nos lleva hasta aquí y luego nos deja seguir solos. La pobreza del niño Jesús rebaja esta imagen de piadosa riqueza y poder y ya no nos encontramos en los zapatos de los reyes sino en las sandalias de los pobres pastores. Las humildes circunstancias del niño Jesús son más apropiadas para la fe de los pastores que para la piedad de los reyes. Nos dejamos seducir por el poder y la riqueza de los reyes, sólo hasta que se nos recuerda que, después de todo, somos pastores. Una vez que aceptamos esto, descansamos en una extraña y reconfortante paz. Porque encontramos una profunda y poderosa verdad en reconocer que todos somos pastores, incapaces de adjudicarnos ningún poder o riqueza o privilegio ante el misterio impensable de Dios hecho hombre.
Los pastores no pueden permitirse la piedad de los reyes, contemplar el mundo agitarse desde las ventanas de sus palacios, viajar en caravanas bien protegidas. Los pastores viven en un mundo revuelto. Ninguna caravana protege sus viajes. Así, nos podemos arrodillar en paz consolados en el hecho de que Dios vino como pastor y no como rey, vino de una mujer y no de una caravana, no a un palacio sino al centro de un mundo revuelto.
Los reyes son esenciales para saber esto, porque fueron ellos que se convirtieron en epifanía camino de Jerusalén. Fueron ellos los que empezaron como reyes y se encontraron entre pastores. La historia de la Epifanía, los reyes, nos recuerda que las epifanías sólo nos llevan hasta cierto punto. Para llegar al Rey de Reyes, tenemos que ponernos las sandalias de los pastores y continuar el camino solos.
Los reyes traen el misterio del niño Jesús a nuestra atención como respuesta a los temores y ansiedades de nuestra existencia diaria. No tenemos que temer a las revueltas de este mundo. No tenemos que temblar ante los tiranos. Somos pastores que podemos ahora descansar de nuestros temores sabiendo, como sólo los pastores lo pueden saber, que el niño que descansa en la pesebrera es el Rey de Reyes.
—Alex García Rivera
Texto de: El Momento Católico, EMC 430