Reflexiones para la semana
1 - 10 de enero
Un nuevo propósito
A principios de año, todos hacemos algún propósito para el año. Los propósitos pueden obedecer a buenos deseos, como mejorar nuestra salud y entonces hacer más ejercicio, o vigilar que comemos cosas sanas. O también podría ser que quisiéramos vencer un defecto, ser más pacientes con los demás, estudiar o trabajar con más responsabilidad, implicarnos más en proyectos comunitarios, o en acciones de justicia. En algunos casos, esos propósitos responden a una llamada interior que sentimos a responder a las bendiciones de Dios de alguna manera. En cierto modo, se podría decir que esos deseos son vocaciones, mayores o menores, llamadas de Dios a ser todo lo que podemos ser. Llamadas de Dios, sobre todo, a seguirle.
A principios de enero, celebramos la fiesta de la Epifanía, o manifestación de Dios a unos hombres que lo buscaban. Es una gran fiesta de vocación: aparece una luz, una estrella, y ellos la siguen, cueste lo que cueste. Todos tenemos una epifanía, una estrella. Nuestra responsabilidad es responder a esa luz, a esa llamada, que nos lleva al encuentro con nuestra salvación. Es un encuentro con el Jesús vivo. A los magos se les pudo hacer algo extraño encontrarse con un niño indefenso en lugar de con un gran rey. ¿Con quiénes te encuentras tú cada día que parecen aparentemente insignificantes, pero que podrían ser tu salvación, porque llamarían lo mejor de ti, tu búsqueda, tu servicio, tu generosidad, tu valentía de ponerte en marcha para buscar a tu Dios?
¿Qué estás buscando? ¿Dónde crees que lo puedes encontrar? ¿Qué supondría para ti entrar en esa búsqueda? Para los magos, supuso emprender un largo camino lleno de dificultades y peligros. ¿Y para ti?
¿Cuál crees que es tu vocación en esta vida? ¿Qué le pides a este año?
22 al 28 de diciembre
Con toda la alegría de las fiestas, del estar juntos, de las comidas y los regalos, puede que se vayan un poco las tristezas de otros momentos. O puede, por otro lado, que se agudicen algunas cargas, por las tensiones entre miembros de la familia, o por el cansancio de tantas cosas que hay que hacer, o por las notables ausencias de personas a las que extrañamos mucho.
“A mí no me gustan nada estas fiestas,” oigo comentar a veces. Y una vez, junto a todas las quejas de las fiestas y sus problemas y complejidades, escuché a una persona que, ciertamente, no parecía tener muchas razones para la celebración, ya que tenía a su mamá muy enferma, se estaba divorciando y tenía otros muchos problemas, decir: “La cosa es que no se trata de las comidas o los regalos. A mí me encantan estas fiestas, porque se celebra, nada más y nada menos, el que el Hijo de Dios haya decidido estar con nosotros”. Así de sencillo. Y entonces me acordé de una canción de Navidad cubana que dice: “Más cuando te veo a ti, por amor en carne humana, se hace una clara mañana en la noche que hay en mí”. No es la fiesta del brillo y de mucha comida y bebida, sino la fiesta profunda en que se nos hace una clara mañana dentro.
¿Qué piensas sobre las fiestas de Navidad? ¿En qué noches piensas que andas sumergido? ¿Qué claridad o luz te gustaría ver? ¿La puedes ver en esta Navidad?
15 - 21 de diciembre
Dar alegría a los demás
Parecería que a los jóvenes les nace la alegría con naturalidad. Algunos viejos amargados podrían comentar que, por supuesto, los muchachos no saben nada de la vida, de lo que es real, y por eso pueden demostrar ese optimismo. Bien mirado, tanto jóvenes como viejos pueden encontrar, si quieren
, toda clase de razones para la tristeza. El mundo está muy mal y eso es evidente. La economía nos abruma, nos preocupa nuestra condición migratoria, nuestra aseguranza, la violencia en las calles, las guerras en otros países. Eso es objetivo y es para todos igual.
Y sin embargo, también conocemos todos a jóvenes y viejos que viven una alegría que parece inagotable, a pesar de todo. No son tontos, ni demasiado ingenuos. Simplemente, miran las cosas en toda su realidad, procuran trabajar para solucionar situaciones, y ven la abundante gracia de Dios y su presencia en todo. Ven más allá aún. Ven que la venida de Cristo al mundo, la Encarnación del Hijo de Dios, anuncia salvación, porque asegura de la posibilidad de que todo cambie de verdad. Por eso hoy se nos dice, “Alégrense”. Y se repite, “alégrense”. Que sus buenas obras sean el brillo de Dios. No es cuestión, por lo tanto, de viejos o jóvenes, sino de mirar bien las cosas. No es cuestión de ignorar o ser ciegos a todos los problemas, sino de vivir de cara a la salvación que viene, haciendo buenas obras que den gloria a Dios, que den esperanza a los demás, que se puedan contar entre las razones de alegría de otros.
¿Qué acciones mías pueden llevar alegría a otras personas? ¿Qué razones para la tristeza encuentro en mi vida? ¿Soy capaz de mirar más allá y contemplar la venida de Cristo que me trae esperanza de una nueva vida y alegría?
8-14 de diciembre
No hay excusas
A veces sentimos que habría que hacer algo urgentemente sobre una situación que preocupa al barrio o
a la comunidad, o tendríamos que denunciar una situación, pero no nos atrevemos. Nos podríamos decir a nosotros mismos que, en realidad, nosotros no somos quién para hablar, o para denunciar. En el mundo en que nos vivimos en estos últimos meses hay personas que viven con miedo por sus trabajos y, si llegaran a ver una injusticia que se comete contra uno de sus compañeros, quizá no se atreverían a denunciarla por miedo a las represalias, o a perder el propio empleo.
A veces es que sinceramente no nos sentimos con fuerza para hacerlo, y otras veces es que nos escudamos tras de esa supuesta incapacidad. A veces, nos escapamos de lo que es nuestra vocación sencillamente porque es mucho más cómodo aducir que no estamos capacitados.
Juan Diego sí que se veía incapaz de ir a un hombre poderoso, como era el obispo, a transmitir un mensaje de la Virgen. Él no lo sabía, pero lo que estaba haciendo era transmitir un mensaje de Dios aún más poderoso que el de la construcción de un templo. Estaba diciendo que Dios puede elegir a los más pequeños, a los aparentemente más insignificantes, para enviarlos. Y que no hay excusa que valga. Juan intentó escapar, pasar por otro camino, esquivar a la Virgen. Y siempre María le salió al encuentro.
¿Cómo te sale a ti Dios al encuentro? ¿Has considerado alguna vez un camino que podría ser tu vocación, pero que se te hace muy duro? ¿Has intentado poner la excusa de que no estás capacitado, que eres demasiado joven, o demasiado insignificante?
1 -7 de diciembre
Tiempo para esperar
No se nos da muy bien esperar. Esperamos los medios de transportes, esperamos una noticia, esperamos
a alguien que se retrasa…y nos desesperamos. Estamos acostumbrados a un ritmo de sociedad en que todo se hace rápidamente y en que lo que queremos disfrutar debe estar a tiempo. Y si no, nos frustramos y quizá la tomemos con quien está más cerca.
En estas semanas de diciembre nos toca esperar, queramos o no. Quizá lo que tengamos es un sueño de que nos regalen algo en Navidad, o de ver a alguien a quien hace tiempo que no vemos. Pero Navidad va a llegar el 25 de diciembre, y no antes. Mientras esperamos, quizás tengamos la suerte y la gracia de aprender algo sobre nosotros mismos o sobre los demás. Quizá nos demos cuenta de que nos vamos haciendo más pacientes, que apreciamos más las cosas pequeñas porque no se nos dan tan rápidamente. Quizá nos demos cuenta de que estábamos equivocados en nuestra motivación por algo de lo que esperábamos. Mientras esperamos quizá nos podamos hacer algunas preguntas sobre nuestra sed y nuestros deseos. Quizá lleguemos a darnos cuenta de que nuestros deseos no eran tan nobles, nuestra generosidad para recibir a otros, para salir al encuentro de otros no estaba tan dispuesta como pensábamos. Es decir, a veces nos puede parecer que nuestra casa está limpia y, cuando decidimos hacer una pequeña limpieza, que pensamos que no nos va a llevar mucho tiempo, empezamos a descubrir cosas que tendrían que brillar más, o tener menos polvo, o estar más ordenadas. A la larga, es mejor para nosotros y para nuestra casa el empezar a hacerlo. Lo mismo con la espera. Mientras esperamos, hay cosas que poner en orden, cosas que limpiar, cosas que aclarar.
El esperar nos enriquece. Nos ayuda a conocernos mejor, a profundizar en nosotros mismos, a preparar las cosas mejor. La llegada de lo que esperamos se hace así más dulce, más gozosa.
¿Qué estoy esperando con interés? ¿He descubierto alguna vez algo sobre mí mismo mientras esperaba?
24-30 de noviembre
Un banquete a nuestro alcance
Siempre ha habido personas que han creído que el fin del mundo estaba cerca. En estos tiempos que corremos con tantos problemas políticos, guerras, problemas económicos e incluso desastres naturales, parece que el fin del mundo podría estar más cerca que nunca. Están casi todas las grandes señales que anuncia Jesús: catástrofes, guerras, grandes signos en el cielo.
Algunos prefieren ponerse a “salvo”—o lo que ellos entienden por esto—en lo alto de una montaña o en un refugio seguro donde creen que los elegidos serán protegidos por Dios, o transportados a la gloria sin tener que sufrir. Otros piensan que, si el mundo va a terminar, mejor disfrutar y gastar lo más que se pueda.
El problema con todo esto es que no parece haber esperanza. Jesús no hablaba de un final sin remedio y sin esperanza. Más bien aconsejaba el estar vigilantes y atentos, no tanto al fin del mundo, cuanto a la presencia de Dios entre nosotros. No tanto a la catástrofe sino al amor. No tanto a la ausencia y la escasez, que parece que nos atenazan últimamente, cuanto al gran banquete final en el monte donde no habrá más lágrimas y donde todo será abundancia y felicidad. En un modo muy real, ese banquete ya está a nuestro alcance en la Eucaristía.
¿A qué tenemos que estar atentos, entonces? Al Cristo entre nosotros. Al que tiene hambre y hay que darle de comer, a quien tiene sed y hay que darle de beber, a quien no tiene comida, a quien está preso, a quien está enfermo. La llegada de Dios a nuestro mundo ocurre todos los días. Sólo tenemos que estar atentos y despiertos.
¿De qué maneras reconoces a Cristo cerca de ti cada día? ¿De qué maneras respondes? ¿Qué escasez, qué dolor, qué tristeza y falta de esperanza hay cerca de ti, a la que puedas llevar la presencia de amor, alegría, y esperanza de Jesús?
16-23 de noviembre.
¿Cuántas cosas tienes?
¿Cuántas cosas te gustaría adquirir y poseer? Los derechos humanos incluyen un derecho a la propiedad privada. Y sin embargo, una y otra vez en el evangelio se nos dice que no hay nada que podamos realmente llamar nuestro. Todo se nos ha dado, y todo está ahí para compartirlo, para hacer que crezca y dé fruto.
Y no se trata sólo de posesiones materiales. El talento, la inteligencia, las buenas cualidades, las virtudes que se tienen no son para uno mismo. Un seguidor de Cristo, se nos repite, no puede utilizar esas cualidades para su propio enriquecimiento, ni su propio engrandecimiento, ni su propia comodidad. No se trata siquiera de una llamada a la generosidad, sino de una llamada a reconocer lo que es justo. Lo que hemos recibido es para los demás. No sólo se trata, como Zaqueo, de dar la mitad a los pobres, sino de ponerlo todo al servicio de los demás. Se trata de que, si puedes cantar, cantes para los demás; si puedes liderar un grupo para el bien común, lo hagas; si puedes escribir persuasivamente para obtener justicia para alguien, hagas eso; si tu talento está en cocinar, cocines para los demás. Nada de esto es para lograr el propio beneficio, sino para regresar lo que se ha recibido a su legítimo dueño, que es Dios.
¿Qué cualidades tienes que puedes poner al servicio de la comunidad? ¿Hay alguna necesidad a la que debas responder y entregar lo que puedes hacer? ¿Qué te detiene? ¿Tienes miedo de perder lo que crees que te corresponde?
9-15 de noviembre
Ser agradecido
Como decíamos la semana pasada, no dejar pasar la luz es igual a ponerse uno mismo como obstáculo y oscurecerlo. Es muy común hoy día pensar que se merece todo y que se tiene derecho a todo. En Chicago hace poco la ridiculez de este pensamiento llegó a pasar una regulación en que las escuelas
pagaban a los alumnos por conseguir buenas calificaciones. La tontería se disfrazó de intento de motivación para los niños, pero el problema es que educa a los niños en una mentalidad por la que se les debe todo.
Quizá esa es la actitud de los siervos de las lecturas de esta semana que piensan que, cuando han hecho todo lo que debían, se les debe algo. Y Jesús dice: no han hecho nada más que su obligación. O podría ser la actitud de los nueve leprosos que no regresan a dar las gracias. ¿Pensaban que tenían derecho a que Jesús los curara y los regresara a la comunidad? ¿Pensarían, quizá, que había sido una injusticia el que estuvieran enfermos y que por tanto se les debía la curación?
Las personas que no reconocen que todo se les ha dado gratuitamente no pueden dar las gracias. Sin embargo, el agradecimiento trae consigo más y más favores. Agradecer es simplemente reconocer lo que se ha recibido sin ningún mérito. Es verdad que, como hijos amados de Dios, tenemos toda dignidad y derecho a ser tratados con respeto. Pero no por ningún mérito nuestro, sino por la bondad de Dios. No se nos debe, se nos regala.
¿Eres agradecido? ¿Recuerdas dar las gracias por los favores que recibes, por los cuidados que se te prestan, por las cualidades que has recibido de Dios, por los talentos que debes poner al servicio de los demás porque no son tuyos?
1-8 de noviembre
Luz de los santos
En esta semana celebramos la fiesta de Todos los Santos, es decir, de todos nosotros, de toda la Iglesia, Pueblo de Dios. Probablemente casi ninguno de nosotros piensa en sí mismo como santo. Y sin embargo, por nuestro bautismo, todos somos santos y llamados a la santidad. La santidad es, simplemente, el dejar ver la gloria de Dios.
Tenemos a lo mejor, la idea de que los santos son seres perfectos, imperturbables por los acontecimientos, que nunca pierden la calma y nunca se equivocan. Y eso, sabemos seguro, no somos nosotros. A lo mejor es que confundimos a los santos con ángeles, seres puros…Pero los santos son seres humanos, que viven en esta tierra, sufren, luchan, pasan por dificultades, enfermedades y muerte. Quizá la diferencia de los santos con otras personas que no consideramos tan ejemplares, es que los santos son amigos de Dios. Viven mirando a Dios y dejando, como decía una vez un niño hablando de las vidrieras de su templo, que pase la luz por ellos. Dejar pasar la luz puede querer decir no encerrarse en el propio egoísmo; puede querer decir ser personas sinceras y decir siempre la verdad, aunque sea difícil; puede querer decir tender una mano a quienes están cerca; puede ser mantener la sonrisa y la esperanza aún en medio de situaciones difíciles. Muchas cosas son las que dan luz y claridad a este mundo.
Dejar pasar la luz es dejar que Dios brille a través de nosotros y, a veces, a pesar de nosotros, que nos querríamos poner en medio y permitir solamente que nos vean a nosotros y lo grandes, inteligentes o brillantes que somos. Pero eso lo que hace, si no deja ver que detrás de esa grandeza y bondad está la misericordia y la generosidad de Dios que nos lo ha dado todo, es oscurecer el brillo de Dios. A la larga, lo que produce es frustración, pena, desesperanza. Porque el propio brillo se apaga. La luz de Dios que vieron los santos y que dejan pasar los santos es lo que luce para siempre.
¿De qué maneras eres santo, es decir, dejas pasar la luz a través de ti? ¿Se puede decir de ti que eres una persona de esperanza y alegría? ¿Te fías más de tus propias fuerzas que de la gracia que te da Dios cada día?
27 al 31 de octubre
Encontrar paz y la esperanza
En algún momento, todos sentimos como que la vida se nos escapa, y que algunas veces los problemas son insuperables. ¿Dónde encontraremos esperanza? A veces parece que las cosas se van a quedar así, sin solución ni salida. Entonces, recurrimos a toda clase de remedios y estamos dispuestos a probar cualquier cosa que nos recomienden…Pero pronto nos damos cuenta de que nada sirve. Esta semana celebramos la fiesta de San Judas, que es patrón de casos difíciles. Mucha gente se encomienda a él sabiendo que no pide tanto un milagro cuanto la paz y la esperanza para mirar a la realidad con valentía y luchar por las cosas que pueden cambiar y aceptar las que no se pueden cambiar.
¿Qué te está preocupando en este momento? ¿Piensas que no tiene solución? ¿Qué remedios buscas? ¿Funcionan? ¿Qué te puede dar paz y serenidad en este momento?
20 al 26 de octubre
Inflamados en el amor de Dios
Hay personas que no saben expresarse por escrito. Les cuesta buscar las palabras y engarzarlas como deben. Otros, como San Antonio Claret, parece que tienen un río de palabras a su disposición y son convincentes. Claret tenía el don no sólo de hablar y predicar muy bien, sino también de escribir de manera sencilla, para que la gente del pueblo pudiera comprender el mensaje. Tuvo muchos seguidores y hoy día la Congregación que él fundó (conocida como los Claretianos) se extiende por todo el mundo.
Pero Claret no convencía tanto por las palabras cuanto por su persona y sus obras. La gente tiene que ver la coherencia entre la vida y el mensaje. Claret conoció su vocación y respondió a ella con energía, entusiasmo y pasión. Dijo que sus seguidores debían ser hombres inflamados en el amor de Dios. Y si tienen palabras para comunicarlo, está muy bien. Pero será su vida la que más hable.
¿Qué podrían decir de ti las personas que te vieran? ¿De qué maneras proclaman tus acciones el amor y la salvación de Dios? ¿Qué te entusiasma? ¿Qué te apasiona? ¿Cómo lo expresas?
13 al 19 de octubre
La casa ideal
¿Cómo te gustaría que fuera tu casa? Si te imaginas la situación ideal, ¿cómo es y quién habita en ella?
¿Cuántas habitaciones tiene? ¿Con quién te encuentras allí? ¿De qué hablan? ¿Verdad que la amistad puede ser uno de los dones más grandes que tenemos, una de las mejores bendiciones? Cuando estamos con una persona amiga, a veces no es ni necesario decir nada. Simplemente estamos, a veces en silencio. Pero cuando queremos hablar, sabemos que no hay ningún temor a que se nos juzgue o rechace.
Santa Teresa, cuya fiesta celebramos este 15 de octubre, decía dos cosas muy importantes sobre la oración. La primera, que orar es tratar de amistad con quien sabemos nos ama. La segunda, que constituye su obra más importante sobre la oración, es que la vida de oración es como un castillo interior. Se va profundizando en la amistad y el amor de Dios a medida que se van pasando las diversas estancias (ella describe 7, que son como distintos niveles de oración). En la cámara más interna, la más profunda, se llega a una unión total con Dios, de manera que se goza, ya desde este mundo, casi de la visión de Dios. Es un camino largo hasta llegar ahí dentro, pero esa gracia es tan grande que vale la pena gastar toda la vida en ello. Por parte de la persona, sólo requiere perseverancia. Dios da toda la gracia.
¿Perseveras en la oración, o te cansas porque “no sientes” nada? ¿Esperas a veces que la oración consiga milagros o favores? ¿Qué pasa si no consigues lo que quieres?
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